
EL PAPA FRANCISCO CUMPLIÓ ESTE SÁBADO 13 UNO DE SUS GRANDES DESEOS, LLEGAR HASTA LOS PIES DE LA VIRGEN DE GUADALUPE
Al final de la primera jornada de su Visita Apostólica a México, el
Santo Padre celebró la Eucaristía junto a los miles de fieles
congregados en el Santuario Mariano más grande de este país y del mundo.
En su homilía el Pontífice recordó que “la Virgen María es y será
reconocida siempre como la mujer del sí, un sí de entrega a Dios y, en
el mismo momento, un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso
en movimiento para dar lo mejor de ella yendo en camino al encuentro con
los demás”.
A CONTINUACIÓN EL TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO AL PIE DE LA VIRGEN DE GUADALUPE
Escuchamos cómo María fue al encuentro de su prima Isabel. Sin demoras,
sin dudas, sin lentitud va a acompañar a su pariente que estaba en los
últimos meses de embarazo.
El encuentro con el ángel a María no
la detuvo, porque no se sintió privilegiada, ni que tenía que apartarse
de la vida de los suyos. Al contrario, reavivó y puso en movimiento una
actitud por la que María es y será reconocida siempre como la mujer del
«sí», un sí de entrega a Dios y, en el mismo momento, un sí de entrega a
sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para dar lo mejor de
ella yendo en camino al encuentro con los demás.
Escuchar este
pasaje evangélico y en esta casa tiene un sabor especial. María, la
mujer del sí, también quiso visitar a los habitantes de estas tierras de
América en la persona del indio san Juan Diego. Y así como se movió por
los caminos de Judea y Galilea, de la misma manera caminó al Tepeyac,
con sus ropas, usando su lengua, para servir a esta gran Nación. Y así
como acompañó la gestación de Isabel, ha acompañado y acompaña la
gestación de esta bendita tierra mexicana. Así como se hizo presente al
pequeño Juanito, de esa misma manera se sigue haciendo presente a todos
nosotros; especialmente a aquellos que como él sienten «que no valían
nada» (cf. Nican Mopohua, 55). Esta elección particular, digamos
preferencial, no fue en contra de nadie sino a favor de todos. El
pequeño indio Juan, que se llamaba así mismo como «mecapal, cacaxtle,
cola, ala, es decir, sometido a cargo ajeno» (cf. ibíd, 55), se volvía
«el embajador, muy digno de confianza».
En aquel amanecer de
diciembre de 1531 se producía el primer milagro que luego será la
memoria viva de todo lo que este Santuario custodia. En ese amanecer, en
ese encuentro, Dios despertó la esperanza de su hijo Juan, la esperanza
de un Pueblo. En ese amanecer Dios despertó y despierta la esperanza de
los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados, de
todos aquellos que sienten que no tienen un lugar digno en estas
tierras. En ese amanecer, Dios se acercó y se acerca al corazón
sufriente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han
visto partir, perder o incluso arrebatarles criminalmente a sus hijos.
En ese amanecer, Juancito experimenta en su propia vida lo que es la
esperanza, lo que es la misericordia de Dios. Él es elegido para
supervisar, cuidar, custodiar e impulsar la construcción de este
Santuario. En repetidas ocasiones le dijo a la Virgen que él no era la
persona adecuada, al contrario, si quería llevar adelante esa obra tenía
que elegir a otros ya que él no era ilustrado, letrado o perteneciente
al grupo de los que podrían hacerlo. María, empecinada —con el
empecinamiento que nace del corazón misericordioso del Padre— le dice:
no, que él sería su embajador.
Así logra despertar algo que él no
sabía expresar, una verdadera bandera de amor y de justicia: en la
construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras
comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar afuera. Todos
somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por
no estar a la «altura de las circunstancias» o por no «aportar el
capital necesario» para la construcción de las mismas. El Santuario de
Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones,
especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de
situaciones dolorosas, riesgosas, y la de los ancianos sin
reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El santuario de Dios son
nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder
construirse y levantarse. El santuario de Dios es el rostro de tantos
que salen a nuestros caminos…
Al venir a este Santuario nos puede
pasar lo mismo que le pasó a Juan Diego. Mirar a la Madre desde
nuestros dolores, miedos, desesperaciones, tristezas y decirle: «Madre,
¿qué puedo aportar yo si no soy un letrado?». Miramos a la madre con
ojos que dicen: son tantas las situaciones que nos quitan la fuerza, que
hacen sentir que no hay espacio para la esperanza, para el cambio, para
la transformación.
Por eso creo que hoy nos va a hacer bien un
poco de silencio, y mirarla a ella, mirarla mucho y calmamente, y
decirle como lo hizo aquel otro hijo que la quería mucho:

«Mirarte simplemente, Madre,
dejar abierta sólo la mirada;
mirarte toda sin decirte nada,
decirte todo, mudo y reverente.
No perturbar el viento de tu frente;
sólo acunar mi soledad violada,
En tus ojos de Madre enamorada
y en tu nido de tierra trasparente.
Las horas se desploman; sacudidos,
muerden los hombres necios la basura
de la vida y de la muerte, con sus ruidos.
Mirarte, Madre; contemplarte apenas,
el corazón callado en tu ternura,
en tu casto silencio de azucenas».
(Himno litúrgico)
Y en silencio, y en este estar mirándola, escuchar una vez más que nos
vuelve a decir: «¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿qué entristece tu
corazón?» (cf. Nican Mopohua, 107.118). «¿Acaso no estoy yo aquí, yo que
tengo el honor de ser tu madre?» (ibíd., 119).
Ella nos dice que
tiene el «honor» de ser nuestra madre. Eso nos da la certeza de que las
lágrimas de los que sufren no son estériles. Son una oración silenciosa
que sube hasta el cielo y que en María encuentra siempre lugar en su
manto. En ella y con ella, Dios se hace hermano y compañero de camino,
carga con nosotros las cruces para no quedar aplastados por nuestros
dolores.
¿Acaso no soy yo tu madre? ¿No estoy aquí? No te dejes
vencer por tus dolores, tristezas, nos dice. Hoy nuevamente nos vuelve a
enviar como a Juanito; hoy nuevamente nos vuelve a decir, sé mi
embajador, sé mi enviado a construir tantos y nuevos santuarios,
acompañar tantas vidas, consolar tantas lágrimas. Tan sólo camina por
los caminos de tu vecindario, de tu comunidad, de tu parroquia como mi
embajador, mi embajadora; levanta santuarios compartiendo la alegría de
saber que no estamos solos, que ella va con nosotros. Sé mi embajador,
nos dice, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, da lugar
al necesitado, viste al desnudo y visita al enfermo. Socorre al que está
preso, no lo dejes solo, perdona al que te lastimó, consuela al que
esta triste, ten paciencia con los demás y, especialmente, pide y ruega a
nuestro Dios, y en silencio le decimos lo que nos venga al corazón.
¿Acaso no soy yo tu madre? ¿Acaso no estoy yo aquí?, nos vuelve a decir
María. Anda a construir mi santuario, ayúdame a levantar la vida de mis
hijos, que son tus hermanos.